«Me pregunto si el suicidio es una salida falsa o algo de la autonomía del cuerpo»

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Foto Ral Ferrari
Foto: Raúl Ferrari.

En el marco del Filba, la escritora mexicana Brenda Navarro visitó Argentina y profundizó en los temas que atraviesan su obra: la salud mental y el suicidio, lo migrante y el racismo que impera todavía en Europa, y además cuestionó la idea del “boom” de escritoras latinoamericanas: “Estoy en contra de que se nos etiquete porque nos ha costado mucho salirnos de la idea de que nuestra literatura es sólo de denuncia social”.

En una de las primeras clases de Sociología a las que Brenda Navarro fue como estudiante, una profesora dijo algo que para ella fue determinante en gran parte de su devenir como escritora: “La mayor herramienta que ustedes tienen es observar y escuchar. No hay nada más importante que eso”.

Navarro se recibió en Sociología y después realizó un posgrado en Economía. Lo primero que leyó cuando era estudiante universitaria fue “El suicidio”, de Emile Durkheim, un libro que le proporcionó respuestas académicas a un tema que a ella la obsesiona. Y también abrió otras preguntas que la academia no pudo responder.

Muchos años después, cuando ya vivía en España, Navarro fue testigo del suicidio de un adolescente de 15 años en Madrid, historia en la que fue fundamental la observación y la escucha. Esta anécdota motorizó “Ceniza en la boca”, una novela de un ritmo exquisito que narra la historia de una familia migrante que ensaya modos de supervivencia al suicidio de Diego, uno de los hijos.

La narradora es la hermana de Diego, una joven que se las rebusca en un país que le es hostil, con una madre que se ocupa como puede de su rol de madre, con una historia de vida sellada a fuego en el México donde todavía viven sus abuelos, y el amor, siempre el amor, como subtrama que florece en distintos momentos de la novela.

Foto Ral Ferrari
Foto: Raúl Ferrari.

Hay un ritmo de oralidad que le imprime a esta novela un estilo completamente diferente al de “Casas Vacías”, que arrastra de las narices al lector y lo arroja, de repente y sin anestesia, en una escena en donde la narradora decide comerse las cenizas de su hermano muerto para poder tenerlo consigo.

Su primera novela, “Casas Vacías” (Sexto Piso), ganó el XLII Premio Tigre Juan y fue traducida a siete lenguas. “Ceniza en la boca” (Sexto Piso) fue elegida mejor novela del año en 2022 y recibió el Premio Cálamo, el Premio Todos tus libros de CEGAL y el Premio libro del año en las Librerías de Madrid.

-Télam: “Ceniza en la boca” trata muchos temas, pero el suicidio del personaje de Diego abre una línea narrativa en torno a la salud mental y el bullying. ¿Por qué te interesan estos temas?
-Brenda Navarro: Porque aún no se puede hablar de salud mental de una forma tranquila, y lo que está pasando es que el mercado nos está comiendo el discurso. Y entonces ahora la salud mental está relacionada directamente con la medicina, y no con el uso de la palabra para nombrar las cosas y decir cómo uno se siente. Te sientes mal, medicamento y a callarte. Es lo que sucede normalmente en Estados Unidos, hay un negocio importante sobre la medicina psiquiátrica que acalla todos los problemas y los esconde. En ese marco creo que la sociedad está solicitando mayor apertura para hablar de nuestros problemas emocionales que finalmente tienen que ver con lo económico, lo político y lo social. Y la solución es que no hay solución, te callas, te drogas y te mantienes adormecido para no hacer cuestionamientos más agudos.

Lo que le pasa a Diego en “Ceniza en la boca” es que no tiene las herramientas para hablar y tampoco tiene acompañamiento porque las dos mujeres con las que vive tienen que salir a trabajar, tampoco se siente a gusto en el colegio porque viene de un lugar distinto y no tiene la capacidad de integrarse adecuadamente. Quienes tienen un familiar o amigo que se suicida saben que nos quedamos sin la posibilidad de escuchar lo que tenían para decir, ¿no? Y además tampoco estamos preparados para escucharlo. Es difícil escuchar que alguien quiera terminar su vida, y es un gran problema porque siempre se habla de estadísticas, etiquetas, pero se nos olvida que somos seres humanos y si nos morimos no hay un repuesto de nuestra persona.

-¿De dónde surge la historia de Diego? ¿Hay alguna relación con tu vida real en ese personaje?
-El suicidio es un tema que me importa. Me gusta cuestionarlo, me interesa saber si es una salida falsa o si tiene que ver con la autonomía del cuerpo. Porque nosotras, las feministas, exigimos tener autonomía de nuestro cuerpo, exigimos derechos sexuales y reproductivos, pero ¿qué pasa si un día no quiero habitar este cuerpo? ¿Por qué no puedo tener esa potestad sobre mi cuerpo? Lo pienso en las personas mayores, ¿en qué momento mi cuerpo deja de ser mi cuerpo y alguien más puede decidir hasta cuando quiero o puedo vivir? ¿Hasta cuándo van a prolongarme dolores o enfermedades y en qué momento esa deja de ser mi decisión?

-El debate sobre la eutanasia y la muerte digna.
Exacto. Es fundamental, porque además vivimos en espacios latinoamericanos en donde no vamos a tener una pensión, en la que no hay un sistema de salud que nos permita los cuidados adecuados, y los cuidados van a recaer en otras personas que van a tener que sacrificar cosas. En definitiva, es un problema de salud pública y un tema político. Y no lo problematizamos porque le ponemos toda esta culpa religiosa de: si te mueres vas a hacerle daño a las demás personas. Y entonces es a escondidas, con vergüenza. La novela surge a partir de una historia real de un chico que conocí en Madrid, un adolescente que se avienta del quinto piso y se suicida. Y todos lo quieren pensar a partir del bullying, pero yo pensaba, ¿era el bullying? ¿O qué era la cuestión de fondo? No lo sé. No lo vamos a saber. ¿Qué nos quieren decir las personas que piensan que su dolor es tan grande o incomprendido que tienen que hacer pública su muerte? Acabar con su vida y que el cuerpo quede expuesto: eso nos está diciendo algo importante, no sé qué es, pero nos lo está diciendo. Y eso no me lo pude quitar de la cabeza. Y no hay respuesta.

-En “Ceniza en la boca” está muy presente la impronta de la migración y el racismo. ¿Cómo te atraviesa el hecho de ser una mujer mexicana viviendo en España?
-Escucho muy seguido en España este discurso de ¿pero qué pasa en Latinoamérica que tienen esta inherencia a la violencia? Como si la violencia fuera nuestra solamente. Eso me enerva, y me pasaba que no tenía las herramientas para responder sin molestarme o enojarme, porque entonces cumples, justamente, con el estereotipo. Perdonen, pero nosotros en el siglo XX lo único que hemos hecho es sobrevivir a las opresiones de nuestros Estados. Y ha sido Europa la que ha tenido dos guerras mundiales, ellos mismos se llenan la boca diciendo que han sido mundiales. Eso quiere decir que los que generan la guerra y la violencia son ellos, ¿cómo que es inherente a nosotros? Son los europeos los que piensan que la guerra es parte de un proceso político para seguir ejerciendo poder sobre los otros. Europa no es sólo España, Italia está siendo super fascista con los migrantes, Europa del Este también. El sueño europeo de la democracia sólo puede existir para ellos, eso me parece súper duro, pero ¿cómo traspasas estas ideas a la literatura? Lo que trato siempre es ponerlo en personajes que parezcan seres humanos, y se den cuenta que estamos hablando de personas y no de seres fotografiados, la pornografía de la miseria, que les encanta. Les gustan las fotografías de gente muriendo, y se premian y se dicen que son los mejores periodistas y fotógrafos, “mira cómo fotografías a estos pobres miserables,” ¿no? Y además nos mandan un mensaje muy importante a quienes migramos o a quienes quieren migrar, que es: “si tú quieres migrar, si quieres desobedecer el mandato de que te quedes en tu país pobre, esto es lo que te va a pasar”. Y me parece que hay que decir que no. Que vamos a sobrevivir y que somos personas que estamos sosteniendo sus Estados. Me parece importante dejar de perpetuar esos discursos.

-Tanto en “Casas Vacías” como en “Ceniza en la boca” hay un abordaje múltiple de la maternidad: responsabilidad, obligaciones, mandatos, deseos. Hay madres reales, menos estereotipadas. ¿Por qué?
-Porque tenemos que seguir cuestionando la maternidad, porque sigue siendo el principal mandato de las mujeres. Pero necesito escuchar los debates o discusiones que no sean de mujeres de clase media. Y eso me interesaba poner en “Ceniza en la boca”, que es una madre que no se pregunta si quiere ser madre. Es madre y listo. Es una madre que tiene que sostener a sus hijos, tiene que sacarlos de la violencia, y tampoco se lo cuestiona. Lo hace. Pero además hace una reivindicación de las decisiones propias, y eso me parece muy importante. Me interesan más esas maternidades que las preguntas: “¿cuándo puedo o quiero ser madre?” porque tienes la posibilidad de preguntarlo.

-Ceniza en la boca” tiene una impronta muy fuerte de la oralidad, la palabra hablada, hay mucho diálogo, hay un ritmo construido con esa estética. ¿Fue ese un objetivo para vos?
-Creo que esa es la apuesta estética del libro. Fue la oportunidad de hacer algo que no pude hacer en “Casas Vacías” porque ni siquiera lo había pensado: jugar con el lenguaje. Lo que más me interesa de escribir no tiene que ver con el mensaje en sí de la novela sino con el lenguaje, cómo hago con el mayor reto que tengo como escritora, que es el ritmo. Para mí escribir es crear un ritmo, con las palabras trato de generar una especie de canción, construir musicalidad. Esa es mi apuesta literaria, al menos en este libro. No sé qué pasará en los próximos, pero en este quise escribir una canción triste, con sus altibajos.

-En una entrevista leí que no te convence esta idea imperante de “el boom de escritoras latinoamericanas”. ¿Por qué?
-En el diario El País hablan de «el boom de escritoras latinoamericanas» y después hablan de «el secreto mejor guardado”. ¿Somos un boom o somos un secreto? No entiendo nada. Estamos en contra de que se nos etiquete porque nos ha costado mucho salirnos de esta idea de que nuestra literatura sea sólo de denuncia social. Yo quiero que me pregunten sobre el lenguaje, sobre la construcción literaria. Para el discurso público nosotras siempre hacemos otra cosa que no es literatura. Si somos del boom, entonces hay quienes no son del boom, ¿y eso qué quiere decir? Nos ponen en cuestionamientos que no nos interesan. Nuestros libros son “salvajes, feroces”. Los libros de las autoras europeas son “elegantes, refinados”. Todavía existen esas diferencias. Son discusiones del mercado, pero las lectoras y los lectores son inteligentes para entender que están leyendo un libro. Y si alguien me dice “quiero llevar tu libro a la reivindicación por la migración”, voy a sentirme honrada y agradecida por pensar en que esto puede cambiar algo. No lo hago con esa intención, pero si alguien lo cree, me voy a sentir agradecida.

“El amor romántico ya no es para nosotras una realización personal”

La socióloga y economista mexicana, autora de “Casas Vacías” y “Ceniza en la boca”, abordó también el debate en torno a la literatura de la “autoficción” y el cuestionamiento del amor romántico como relación fundamental para las mujeres, un procedimiento que habilitó el fortalecimiento de otro tipo de vínculos como la amistad o la hermandad.

-En “Ceniza en la boca” hay una línea narrativa muy fuerte en torno al vínculo de la hermandad. ¿Qué encontrás, a nivel literario, en la exploración de la relación entre hermanos?
– Me he dado cuenta que las mujeres de las nuevas generaciones ya no creemos que el amor romántico sea una especie de realización personal, tenemos otras perspectivas y nos hemos dado cuenta del poder tan grande que es tener una red de mujeres a nuestro lado. En este mismo sentido, la hermandad es de las relaciones más horizontales que tenemos, frente a los padres, que es un vínculo más vertical. Entre hermanos existe algo, que aunque la persona te pueda caer mal, terminas queriéndola. Puedes no hablar por años, pero tienes ese vínculo afectivo que sabes que va a estar ahí para lo que sea. Eso es para mí el cimiento de la humanidad, en esos vínculos hay respuestas a cosas que nos preguntamos, todavía, de manera dogmática.

-Al escribir sobre migración y racismo es inevitable pensar en tu experiencia como persona nacida en México que vive en España. ¿Tu literatura habla de vos?
-Una no se puede abstraer del lugar desde donde habla. Pero creo que la literatura es un puente para entender lo que pasa fuera de mí, y no lo que pasa dentro de mí. Me interesa el deseo, la maternidad o el suicidio afuera de mí. Cuando nos estamos preguntando siempre solo lo que nos sucede a nosotras y a nuestro alrededor, entonces perdemos nosotras en discusión política y pierde la literatura en la multiplicidad de voces.

-Entonces lo autobiográfico no te interesa…
-Me da una flojera tremenda, ahora mismo, soy demasiado aburrida. Me parecen más interesantes los personajes inventados, porque como los estoy creando yo, puedo comprender sus contradicciones. Una, cuando habla de una misma, termina edulcorando o haciendo más rimbombantes algunas cosas; no me interesa el discurso individualista, al menos ahora. Quizás en veinte años, no ahora.

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