La resiliencia de los nacidos en los 60 y 70: ¿Qué nos enseña su crianza?

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El modelo de crianza de las décadas de 1960 y 1970 ha sido objeto de estudio por parte de académicos que analizan cómo esta experiencia afecta la resiliencia en los adultos de hoy. En un tiempo donde la independencia y la resolución de problemas eran esenciales, los niños crecieron en un entorno que fomentaba la autonomía y la imaginación, aspectos que, según los estudios, podrían ser menos prevalentes en generaciones posteriores.

Investigaciones como «Resiliencia en niños y jóvenes: una revisión» y «La relación entre el comportamiento de crianza parental y la resiliencia» subrayan que enfrentar desafíos reales desde la niñez es crucial para desarrollar habilidades de resolución de problemas. Estas características destacadas en la crianza de los menores de esas décadas parecen haber dejado una marca indeleble en su capacidad para afrontar dificultades en la vida adulta.

Durante esos años, muchas madres comenzaron a trabajar fuera de casa, y las opciones de cuidado infantil eran limitadas. Este contexto generó una autonomía inusual en los niños, quienes pasaban extensos períodos sin supervisión, lo que les permitió aprender a gestionar sus propios conflictos.

Estudios longitudinales como el Berkeley Guidance Study y el Oakland Growth Study, liderados por el sociólogo Glen H. Elder, revelan que las dificultades económicas en la infancia no siempre tienen resultados negativos. En ambientes familiares estables, asumir responsabilidades desde temprana edad favorecía el desarrollo de habilidades como la competencia y la resiliencia.

El entorno de crianza de las décadas de 1960 y 1970 propició lo que se conoce como “inoculación al estrés”, una técnica que permite a los individuos enfrentar situaciones desafiantes de manera controlada. La capacidad de resolver problemas cotidianos, como regresar a casa solos o establecer reglas en un juego, ayudó a los niños a desarrollar habilidades emocionales esenciales.

En contraste, el modelo de crianza actual se caracteriza por un entorno altamente controlado, donde los adultos intervienen rápidamente para evitar cualquier tipo de malestar. Esta protección, aunque bien intencionada, ha suscitado preocupaciones entre expertos, quienes advierten que la falta de desafíos reales podría limitar el desarrollo de herramientas emocionales fundamentales en los jóvenes de hoy.

Fuente: La Nación

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