
Estaban a punto de iniciar una gira con Viejas chorras antes de hacer temporada de verano en Mar del Plata, cuando la noticia de la muerte de María Rosa Fugazot sacudió a todo el elenco. Por ahora el proyecto quedó en stand by y de eso habla Ana Acosta con LA NACION. También recuerda los últimos meses compartidos con Fugazot, repasa los inicios de su carrera y habla sobre su nuevo emprendimiento: un bar que abrió el año pasado con su familia y actualmente la tiene muy ocupada.
—Estaban haciendo la obra cuando murió Fugazot…
—Habíamos terminado la temporada en el Picadilly y arrancábamos la gira, porque la idea era continuar la obra y mantenerla hasta el verano para hacer temporada en Mar del Plata. Ahora no sé qué va a pasar con Viejas chorras, lamentablemente. El otro día me preguntaban si tenemos intención de seguir y no sé… Yo he seguido contra viento y marea en cualquier otra circunstancia, pero cuando alguien del elenco parte, a mí ya no me dan ganas… Ni siquiera puedo subirme al escenario porque empiezo a recordar y no la paso bien.
—¿Te sorprendió su muerte?
—María Rosa estaba muy triste después de que falleció su hijo (el actor René Bertrand). Quedó devastada, pero le daba pelea. No sé qué pasó. Creo que la tenía muy mal esto de que se le terminaba el contrato y no estaba segura de qué iba a ser de su vida… Se la veía muy preocupada con eso.
—Porque ella vivía al día…
—Sí, a los 13 años empezó a trabajar. O sea que trabajó 70 años y no tenía un techo. Bueno, el techo que se compró se lo dio al hijo. No estaba enferma, aunque tenía cosas de la edad y a veces le dolían las piernas, pero, al mismo tiempo, subía y bajaba las escaleras del Picadilly, que no es poca cosa. Así que le estaba dando pelea. Yo creo que lo del hijo obviamente la devastó, pero más allá de eso, este último tiempo estaba muy preocupada por su situación económica. Y lo cuento para que seamos conscientes de lo que nos pasa a los actores sobre todo. Si no seguís trabajando, es muy difícil. Nadie puede vivir de la jubilación, pero para los actores es más complicado porque tenés que seguir poniéndole el cuerpo, subirte al escenario y seguir laburando para poder seguir viviendo. Ella laburó toda su vida. Me dio una pena tremenda.
—¿Cuándo la viste por última vez?
—Hacía dos semanas que habíamos terminado las funciones y yo la había invitado a la cafetería para festejar el cumpleaños de Cristina Tejedor y Cristina Maresca, que cumplen con diferencia de una semana. Stefi [una de sus hijas] hacía la torta. Le insistimos porque tenemos un chat de la obra y ella no contestaba. Finalmente dijo que si se sentía mejor, venía, pero no vino ese domingo. Fue dos domingos antes de su partida. La última vez que la vi fue arriba del escenario y había hecho una función muy buena. Creo que ella sabía que se estaba despidiendo, de alguna manera… Esa preocupación sobre su futuro la tenía mal. Estaba muy tiradita porque no sabía qué iba a ser de su vida y dónde iba a ir a vivir.
—¿Qué crees que pasó?
-Yo creo que soltó cuando vio que Belén (Giménez, viuda de René Bertrand y también actriz) ya estaba en pareja. Sé que lo del hijo la devastó, pero al mismo tiempo sé que seguía dándole pelea a la vida.
—¿Qué recuerdo te queda de ella?
—Los momentos felices que vivimos en el escenario. Nos la pasábamos muy bien. Nos reíamos mucho, mucho. Al principio no nos quedaba bien la letra, por ahí alguna se olvidaba, pero la otra seguía y nos divertíamos. En un ensayo, Tejedor dijo “mi concubina” en vez de “mi concuñada”. Durante la función volvió a suceder y nos matamos de risa porque se le había quedado pegada esa palabra. Otra vez a Maresca no le salía la palabra “presas” y no sé qué decía… Y entonces nos reíamos; es lógico que nos pase, ya estamos grandes [risas]. Eran chistes internos y la gente ni se daba cuenta y la pasaba muy bien también. En el momento de actuar le poníamos todas la mejor, así que es una pena.
—¿Y ahora qué va a pasar?
—No sé qué va a pasar…. En el mismo teatro, hace unos años Marta González tuvo un ACV en plena función de El show de los cuernos y recuerdo que continuamos y cada tanto Marta volvía al escenario y otra vez se la llevaban al camarín hasta que llamamos al SAME. Al principio no sabíamos si estaba bromeando hasta que nos dimos cuenta de lo que sucedía. Esa noche terminamos la función y al día siguiente, entre todas, acomodamos la letra de Marta y seguimos durante dos meses más. Pero sabía que Marta se estaba recuperando y que ya había dicho que sí a la gira que íbamos a hacer. En cambio, María Rosa ya no está.
Familia emprendedora
—Su preocupación era su futuro económico, como el de muchos actores. En tu caso siempre tuviste una actividad extra, Ana Acosta Moda, y ahora la cafetería, Fats Café… ¿Es porque sos precavida?
—Sí. Y es también lo que aprendí de mis padres. Hace 18 años que con Fabián, mi marido, tenemos Ana Acosta Moda, en pleno Once. Alguna vez tuvimos un taller de teatro que duró un año solamente porque me di cuenta de que la docencia no es para mí. Me acuerdo de que alquilamos una casa hermosa, le cambiamos el piso por uno de madera, hicimos reformas, una sala de ensayo y no sé cuánta plata invertimos y no la recuperamos en el año con los alumnos. Y al año siguiente me di cuenta de que no sabía dar clases y tampoco quería poner a otra persona porque eso es engañar a la gente. Así que decidimos cerrar.
—Y ahora abrieron una cafetería en la que trabaja toda la familia.
—Sí, abrimos Fats Café, que se llama así porque son las letras de nuestros nombres: Fabián, Ana, Talia, Stefania. Abrimos el año pasado en el barrio de Caballito, en un terreno que habíamos comprado en 1998. Ese año me había ido re bien porque reemplacé a Georgina Barbarossa en la conducción de Movete durante dos meses y estuve todo el año en Rompeportones y en teatro hicimos el exitazo de Boing Boing. Y también filmé una película bastante olvidable, La herencia del tío Pepe, pero bueno, no reniego; es mi pasado. Y compramos un terreno que ya conocía y que tiene una palmera enorme y hermosa. Mi papá me ayudó con unos pesitos que nos faltaban. En principio era para una casa y hasta hablé con unos arquitectos que hicieron el presupuesto y sacamos lo que estaba en ruinas. Eso habrá sido en el año 2000.
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—¿Y por qué retomaron la idea el año pasado?
—En realidad, pensamos hacer algo cuando fue la pandemia y los dos rubros en los que trabajamos quedaron muy castigados. Fabián con el local de Once, que fue una de las últimas cosas en abrir y encima ropa de fiesta. Y los actores que tampoco trabajamos por mucho tiempo. Gracias a Dios, en la pandemia ensayé con mi hija la obra Casa Matriz y estrenamos el 8 de junio de 2021. La primera obra que se estrenó en el Picadilly fue la nuestra. Con Fabián, entonces, decidimos que el próximo emprendimiento iba a ser al aire libre y nuestra hija Stefi ya estaba estudiando para chef, por eso se nos ocurrió una cafetería. Empezamos en 2021 y abrimos tres años después. Tiene una terraza hermosa y una parte semicubierta pensada para chicos con problemas de autismo y con TDAH, que a veces se ponen incómodos en lugares cerrados, así que ahí pueden ir y venir a su gusto.
—¿De qué te encargaste vos?
—Hice la decoración; Stefi es la chef y hace cosas riquísimas, y Tali [su otra hija] es moza por la mañana, porque también es actriz y está ensayando tres obras. Y yo estoy todos los días. Además, hay un salón para eventos y nos lo piden para bautismos, cumpleaños, reuniones. En ese mismo espacio funciona un microteatro e hicimos varias obras ya; en unos meses vamos a estrenar Verona, que voy a dirigir. Los lunes la hija de Nora Cárpena hace radioteatro y una vez al mes está El club de las tetas, que son las mujeres que están transitando el cáncer de mama y hacen reuniones y actividades artísticas y leen. Otros días está el “Tote Bag”, que son personas que pintan bolsas y hay torneos de truco y de tutti frutti. También hay degustación de vinos y hay un piano a disposición.
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—Una familia emprendedora…
—Lo mamé de mis padres. Mi papá tenía una dietética en Liniers y ahí trabajamos mis hermanos, mis sobrinos y yo, todos. Es más, cuando empecé a estudiar en el Conservatorio, mi papá me puso una dietética, pero con el Plan Austral en un año nos fundimos. Al tiempito abrió una yuyería, también en Liniers, a la vuelta de la dietética. Ahí estaba cuando empecé a trabajar con (Jorge) Guinzburg en Peor es nada y la gente venía a comprar y me preguntaba cómo era Jorge o me decían “qué gracioso el Negro (Fontova)”… Está bueno tener otra entrada de dinero. Mi papá decía que si una cosa no funcionaba, había otra.
—Trabajando en familia, ¿qué sucede cuando hay desacuerdos?
—Los arreglamos a los tiros [risas]. No todo es un lecho de rosas. Hay discusiones, hay gritos y cada uno se va a su lado, pero después lo hablamos y llegamos a un acuerdo y todo se arregla. Lo que sucede en cualquier familia. Me gusta trabajar en familia porque eso es lo que aprendí de mis padres, que siempre me apoyaron en todo y estuvieron en primera fila en cada uno de mis estrenos, sosteniendo… Hasta volaron a Madrid cuando nos fuimos con El club de las divorciadas a España. Es lo que trato de inculcarles a mis hijas.
—¿Hay otros proyectos?
-En noviembre vamos a hacer dos funciones de Casa Matriz con mi hija Talia, en el Palacio Libertad.
¿Psicóloga o actriz?
—¿Qué pensás cuando repasás tu historia?
—Me hace feliz todo lo que hice: 48 obras de teatro, programas de televisión, comedias, dramas, ficciones. Estoy muy feliz porque jamás pensé que algo que se me ocurrió a mis 17 años iba a hacerme sentir tan plena toda mi vida.
—¿Cómo es eso?
—Yo quería ser psicóloga y no pude entrar en la UBA en ese momento. Estaba trabajando en la dietética y una de las clientas era Patricia Castell y un día le pregunté dónde se estudiaba actuación. Así, actuación en vez de teatro [risas]. Y ella me habló del Conservatorio. Al día siguiente fui con Alejandra Vera, que era una empleada del local que se acuerda mejor que yo, y me dice que fui toda empilchada, con unas botas divinas que estaba estrenando y que llovía torrencialmente y yo puteaba, y que cuando llegué ya me quería ir porque el edificio se caía a pedazos. Pero entré, pregunté por el plan de estudios y me interesó porque tenían Historia de la ópera, Ética, Estética, Antropología filosófica… O sea, que me iba a ayudar para poder entrar al año siguiente a la facultad y hacer psicología.
—Y te enamoraste de la actuación…
—Mucho. Ahí fue cuando les dije a mi papá y a mi mamá: “No voy a ser psicóloga, quiero ser actriz”. Y me dijeron: “Bueno, dale”. La única crítica que puedo hacerme es que, quizá, debería haberle dado más bola a la televisión. Porque mi prioridad siempre fue el teatro. Ahora me doy cuenta, de todas maneras, que la televisión está muerta; ya no se hace ficción. Y al cine le tengo miedo con la inteligencia artificial. En cambio, el teatro no se va a morir nunca. Así que no me equivoqué porque el teatro es lo único que va a estar vivo siempre y que te permite comulgar con el espectador. Y eso es maravilloso.
Fuente: La Nación




































