El poncho, emblemática prenda del gaucho argentino, ha sido un elemento esencial en la vestimenta de quienes habitan las pampas desde hace más de dos siglos. Aunque tradicionalmente asociado a la vida rural, su uso también se ha extendido a los habitantes de la ciudad, como se evidenció recientemente en la Exposición de Palermo.
En el pasado, su presencia era notable en diversas celebraciones, incluyendo las procesiones de Seman Santa, donde hombres ataviados con ponchos blancos eran una vista común. El cura portugués Pedro Pereira Fernándes de Mesquita, quien vivió en Buenos Aires durante la ocupación de la Colonia del Sacramento, documentó cómo los hombres llevaban sus ponchos en lugar de capas, adoptando así una prenda que se convirtió en símbolo de identidad local.
Investigaciones realizadas por Nelly Porro y otros autores revelan que, de un estudio sobre 54 ponchos, la mitad eran de color blanco, seguidos por tonos pardo, plomizo, azul y colorado. Esta variedad de colores refleja no solo un uso funcional sino también un sentido estético y social en la vestimenta de la época.
Documentos históricos, como los relatos del capitán Juan Francisco de Aguirre, mencionan cómo el uso del poncho estaba arraigado en la cultura urbana, donde los jóvenes de Buenos Aires se deleitaban en montar a caballo luciendo ponchos bordados con gran orgullo. El diccionario geográfico de Antonio Alcedo y Bejarano describe el poncho como una manta cuadrada utilizada para montar, destacando su versatilidad y belleza.
Los precios de los ponchos variaban según su calidad, desde 4 reales para los más comunes hasta 50 pesos por los más lujosos. Este valor se refleja en los inventarios testamentarios de importantes figuras de la ciudad, donde se documenta la posesión de esta prenda icónica.
No solo las mujeres porteñas eran propietarias de ponchos; registros indican que también hombres de renombre, como comerciantes y abogados de la época, eran poseedores de esta vestimenta. La conexión emocional con el poncho es tan fuerte que incluso el tercer virrey del Río de la Plata, don Nicolás del Campo, pagó por uno perteneciente a un cautivo rescatado, lo que subraya su importancia en la cultura local.
A lo largo del tiempo, el uso del poncho ha persistido, adaptándose a los cambios socioculturales. En el siglo XIX, su presencia en la literatura, como en la novela «Amalia» de José Hernández, reafirma su relevancia en la identidad nacional. A medida que el país avanzaba, figuras históricas como Urquiza continuaron vistiendo ponchos, desafiando la percepción de esta prenda como un símbolo de tradición y resistencia.
Fuente: La Nación
