En un intento por comprobar cuánta magia cabe en un metro cuadrado, Poly Santamaría se propuso reinventar un pequeño PH en San Isidro, que antes se encontraba asfixiado por la sombra y las medianeras. Este proyecto personal surge tras el fallecimiento de sus padres, quienes le dejaron la oportunidad de crear un nuevo hogar lleno de significado. Acompañada por Titín, su chihuahua, Poly transformó su dolor en un espacio lleno de vida y creatividad.
El proceso de remodelación fue un verdadero desafío para Poly, quien lo describe como su mayor y más osada obra. La experiencia se tornó lúdica, permitiéndole experimentar la emoción de crear. La escalera, diseñada para parecer de papel plegado, fue intervenida por ella misma con grafitis, añadiendo un toque punk al diseño.
La colaboración con Fabián Brun, un diseñador de muebles encontrado en internet, fue crucial para llevar a cabo sus ideas. Juntos, crearon carpinterías y herrerías a medida, aprovechando al máximo los espacios del hogar. Poly imaginó su casa como un barco, donde cada rincón tenía un propósito y se mantenía organizado.
El primer piso, que se destaca por su luminosidad, se convirtió en un espacio acogedor para la creatividad, donde Poly puede tener sus libros y juguetes a la vista. El dormitorio de visitas se ubicó ingeniosamente donde estaba un placard, con una cama tipo camarote para optimizar el espacio.
Las ventanas en voladizo no solo aportaron luz, sino que también añadieron valiosos centímetros al cuarto y a un monoambiente en la terraza. La idea de construir un pequeño baño junto al dormitorio, que inicialmente fue recibida con escepticismo, se convirtió en una realidad gracias a una pasarela de hierro.
El último nivel de la casa, que Poly describe como la parte superior del barco, ofrece vistas espectaculares de la naturaleza circundante. Este espacio, diseñado para la meditación y la convivencia, fue cerrado con un sistema corredizo de madera y vidrio, evocando el diseño de un ojo de buey.
Otro de los logros de Poly fue la creación de un hogar a leña, que añade calidez y carácter al espacio. La chimenea y la textura de las venecitas transforman este rincón en un lugar acogedor y lleno de cariño, ideal para disfrutar de momentos especiales.
Fuente: La Nación
